“Señor, enséñanos a orar”

Eschucha a la mp3
XVII Domingo Ordinario, Año C: 25 Julio 2010
Gen 18, 20-32; Sal 137; Col 2, 12-14; Luc 11, 1-13

Es probable que Uds. hayan oído el mensaje que proclaman unos predicadores, en este país y en otras partes de este hemisferio. Su mensaje falso se llama “el Evangelio de la Prosperidad.” Ellos prometen que Dios quiere darles a Uds. muchos dones materiales: el dinero, la ropa cara, muchos coches y muchas casas; el éxito y el placer físico y material. Y quizá aquellos predicadores citan estas palabras de nuestro Señor Jesucristo, de nuestra lectura del Evangelio de hoy: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá.” Y ellos dicen: “¡Escúchenlo! ¡Dios quiere que Uds. sean ricos! Sólo hay que pedírselo.”

Pero ese mensaje no es la verdad. No es el Evangelio verdadero. No es la significancia verdadera de estas palabras de nuestro Señor. Y no refleja su vida, la vida a la cual él nos invita a unirnos.

En esta lectura de hoy, Jesús enseña a sus discípulos cómo orar. Lo explica a petición de un discípulo, que se lo había preguntado porque él lo había visto— ¿qué? ¿rico, o llevando muchas monedas? No, le había visto que Jesús estaba orando—y cuando terminó, le dijo, “Señor, enséñanos a orar.” “Enséñanos a nosotros también a orar, a comunicar, a morar en la relación viva que nosotros vemos que tú tienes con Dios.”

Porque aquel discípulo tuvo el deseo, tuvo hambre, para entrar en esa relación espiritual que tenía Jesús. Y hay muchas personas hoy que tienen la misma hambre; tienen sed para el agua viva en una tierra muy seca.

Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: ‘Padre.” Y, en la primera palabra de la oración que Jesús enseña a sus discípulos, él da nombre a la relación que él tiene con Dios. Porque él es Dios Hijo y de toda la eternidad ha conocido al Dios Padre como “Padre.” Es una relación que es imposible para alguien que no es más que un ser humano. Pero Jesús lo hace posible para nosotros, por su Encarnación, por su cruz, por su resurrección, que es la fuente de los sacramentos, y sobre todo el bautismo—por el cual, como nos dice San Pablo en la segunda lectura, Jesús nos invita entrar en su propia relación de ser Hijo y de conocer al Dios y hablarlo como: “Padre.”

Y en la oración que Jesús enseña, empieza con peticiones para—lo que Dios desea. Esta oración de San Lucas capítulo 11 es semejante, pero un poco más corta, a la que enseña Jesús en San Mateo capítulo 6, y que rezamos nosotros en la Misa y en el rosario. Esta oración tiene 5 peticiones y no 7. Pero también empieza con peticiones para lo que Dios desea.

“Santificado sea tu nombre.” Que tu nombre sea tratado como santo. Que tu nombre, tu carácter, tu realidad, todo tu ser, Oh Dios Padre, sea reconocido y tratado como santo y bueno y alto, por la gente que tú has creado. Que tú mismo sea conocido, verdaderamente conocido, como deseas.

Entonces: “Venga tu Reino.” Que tu Reino venga aquí en nuestro mundo. Que las personas te reconozcan a ti como Rey. Que conformemos nuestras vidas al esquema que nos has revelado.

Entonces procedemos a las peticiones para nosotros mismos. “Danos hoy nuestro pan de cada día.” No pedimos la riqueza, sino lo que necesitamos. Y sabemos que no necesitamos solo lo material—significado bien por el pan—sino también lo espiritual. “No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.” [Mat 4, 4] Los Padres de la Iglesia vieron en este “pan de cada día” también la Eucaristía, la Santa Comunión—en la cual Jesucristo nos da a comer su propio ser, bajo la apariencia del pan ordinario.

Por fin, después de la petición para lo que necesitamos, hay las peticiones para la protección contra el daño. Así pedimos: “Perdona nuestras ofensas”—que hicimos en el pasado. “Líbranos del mal”—en el presente. Y “no nos dejes caer en la tentación”—en el futuro. Pedimos la protección contra el daño visto en la luz clara de la verdad que Dios sabe.

Jesús observó que un buen padre terrenal no daría a su hijo una cosa mala y peligrosa cuando él le había pedido una cosa buena—no le daría una piedra en vez de un pan, o una víbora en vez de un pescado, ni un alacrán en vez de un huevo. ¿Y qué, si el hijo le pidiera algo mal? San Agustín escribió [Sermón 80]:

Ahí tienes a [tu] hijo llorando el día entero para que le des un cuchillo o una espada. Te niegas a dárselo y no haces caso de su llanto, para no tener que llorarle muerto. … Si le rehúsas ese poco, es para reservárselo todo; le niegas ahora sus insignificantes demandas peligrosas para que vaya creciendo y posea sin peligro toda la fortuna.

Nosotros pedimos a nuestro Padre celestial que nos provea y nos proteja, y él nos lo hace—inclusive en las veces cuando no sabemos orar como debiéramos, cuando le pedimos algún daño o dejamos de pedir algún bien.

En unos momentos recibimos la gracia de ver la sabiduría y la generosidad de su providencia para nosotros. Pero muchas veces no lo vemos y no lo entendemos. En esos momentos, continuemos seguir a nuestro Señor Jesucristo; continuemos entrar en la relación a Dios Padre que él nos abrió; continuemos a orar de la manera que él nos enseño, con la perseverancia; y continuemos confiar que, cuando pedimos algo de nuestro Padre, nos dará o lo que pedimos, o algo mejor.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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Published in: on July 25, 2010 at 9:47 pm  Leave a Comment  

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