Pentecostés: el don del Espíritu Santo

Me olvidé traer el grabador y por eso no hay mp3 de esta homilía.
Domingo de Pentecostés, Año C: 23 Mayo 2010
Hech 2, 1-11; Sal 103; 1 Cor 12, 3-7.12-13; Juan 14, 15-16.23-26

Durante muchos siglos, todos los años el Pueblo de Israel celebró dos dones que había recibido del Señor. Primero, en la fiesta de la Pascua, celebró su liberación de su esclavitud en la tierra de Egipto. Y entonces, después de 50 días, celebró el don de la ley en el monte Sinaí. Aquella segunda fiesta se llamó en hebreo “Shavuot,” o en griego “Pentecostés,” que significó 50. Y aquel segundo don del Pentecostés era necesario para cumplir el don de la Pascua: porque el pueblo nuevamente liberado necesitó una guía para su vida libre; necesitó una forma. Y eso Dios les dio en su ley. Y todos recordaron que un fuerte sonido de trompeta y un fuego acompañaron ese don de la ley [Exod 19, 16-18].

Hoy oímos en la primera lectura que un gran ruido y fuego también señalizaron el dar de otro don en un nuevo Pentecostés. Pero ese ruido no era de trompeta, sino de un viento fuerte; y el fuego no era en el monte, sino como lenguas sobre cada uno de los discípulos. Y el don no era sólo la letra de la ley, escrita en tablas de piedra, sino el vivo Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, enviado para morar en los corazones de los bautizados en Jesucristo.

Hace 50 días, celebramos la Pascua de nuestro Señor Jesús, en la cual nos hizo la Alianza Nueva en su sangre precioso. Él nos liberó, no de Egipto, sino del pecado y de la muerte. Y nos abrió el camino, no a otra tierra de este mundo, sino a la Resurrección. Hace una semana, celebramos que Jesús, como el autor o pionero de nuestra fe [Heb 12, 2], ascendió al Dios Padre para cumplir el viaje en lo cual nosotros le seguimos. Y hoy celebramos que nuestro Señor Jesús, con su Padre, nos envió como guía, no unas letras escritas en la piedra, sino el Espíritu Santo—para acompañarnos y consolarnos y guiarnos y fortalecernos en nuestro viaje al cielo.

Es probable que la mayoría de Uds. han oído conversación del Espíritu Santo de su familia o sus amigos o vecinos; y que Uds. saben que suceden acciones extrañas que, se dice, pertenecen al Espíritu Santo. Es verdad que el Espíritu Santo es real y que nos habla y es vivo y activo. Pero también es verdad que hay otros espíritus y otras emociones y otros sentimientos que no son de Dios y no nos guía a la santidad. Y es necesario que aprendamos a discernir los espíritus; a distinguir un movimiento de otro, para saber cuál debemos seguir y cuál debemos evitar.

Quiero darles unos principios que puede ayudarnos en este discernimiento.

El Espíritu Santo es el espíritu de la unidad. Oímos en la primera lectura cómo unió los discípulos—y también muchas naciones y muchas lenguas—para formar la Iglesia una, santa, católica, y apostólica. El Espíritu nos guía a la unidad y no a la división; nos guía a la Iglesia verdadera y no fuera de la Iglesia. El apóstol San Pablo nos dijo en la segunda lectura que los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo; y así también es Cristo. El Espíritu Santo es el espíritu de la unidad.

El Espíritu Santo es el Espíritu de la verdad, como dijo nuestro Señor Jesús en el evangelio. Nos dijo: “Les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.” El Espíritu Santo no enseña nada contraria a lo que dijo Jesús y que ha enseñado su Iglesia fielmente estos dos mil años. El Espíritu Santo es el Espíritu de la verdad.

El Espíritu Santo es el espíritu de la santidad. No nos guía al pecado. Jesús nos dijo en el evangelio: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos.” Y nos envió el Espíritu Santo para darnos la gracia de fortalecernos y animarnos en cumplir sus mandamientos y vivir una vida más y más santa, pura, y llena de su caridad verdadera. El Espíritu Santo es el espíritu de la santidad.

San Pablo, en su carta a los Gálatas [5, 22-25], escribió: “Si tenemos la vida del Espíritu, actuemos conforme a ese mismo Espíritu.” Y describió el fruto que podríamos ver en la vida de tal persona. ¿Dijo San Pablo que este fruto del Espíritu es mucha emoción? No, claro que no. Escribió estas palabras famosas:

Los frutos del Espíritu Santo son: el amor, la alegría, la paz, la generosidad, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio de sí mismo. Ninguna ley existe que vaya en contra de estas cosas.

Por estos principios podemos empezar a probar si alguien es verdaderamente receptiva a la obra del Espíritu Santo—si otros son así; si nosotros mismos somos así. ¿Vemos la unidad; la verdad; la santidad; y los frutos de la lista de San Pablo, inclusive: el amor; la generosidad; la fidelidad; y el dominio de sí mismo?

Esto es el don que nos dio Dios Padre y nuestro Señor Jesús en el Pentecostés, como guía y forma de la Alianza Nueva: no solo unas letras en la piedra, sino una Persona divina para morar dentro de nosotros; para cultivar más y más la vida de la Resurrección que Jesucristo nos ha dado por su Pascua.

Por eso, en esta fiesta del Pentecostés, gocemos en este don grande del Padre; le demos gracias; y pidamos al Espíritu mismo en las palabras del himno de la secuencia:

Ven, luz santificadora,
y entra hasta el fondo del alma
de todos los que te adoran…

Lava nuestras inmundicias,
fecunda nuestros desiertos
y cura nuestras heridas.

Danos virtudes y méritos,
danos una buena muerte
y contigo el gozo eterno.
Amen.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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Published in: on May 23, 2010 at 11:30 pm  Leave a Comment  
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