Cristo el Buen Pastor: No mayor amor que el suyo

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IV Domingo de Pascua, Año C: 25 Abril 2010
Hech 13, 14.43-52; Sal 99; Apoc 7, 9.14-17; Juan 10, 27-30

En las primeras lecturas en este tiempo de la Pascua, oímos cómo respondió la Iglesia Católica en sus primeros años después de la Pasión y la muerte y la Resurrección y la ascensión de su Señor; cómo la Iglesia fue por todo el mundo y predicó el evangelio a todos.

Y vemos que el mundo de su siglo primero era muy semejante al nuestro. En la primera lectura de hoy, San Pablo y San Bernabé han empezado su primer viaje misionero. Han salido de la Tierra Santa y han llegado en la tierra de Asia Menor, la cual conocemos hoy como Turquía. Pero allá encuentran a su propia gente, la gente judía, el Pueblo de Israel. ¿Cómo pasó así? Porque en aquellos siglos, en el Imperio Romano, el Pueblo de Israel no vivía sólo en la Tierra Santa, sino también en otras partes y otras ciudades del Mediterráneo—en una condición que se llama la Diáspora. Esta condición de vivir como expatriados, fuera de su patria, es algo que Uds. conocen muy bien.

Y en su Diáspora, en el siglo primero, vemos una mezcla de culturas. En sus sinagogas, se habían atraído unos gentiles de aquella tierra, que no eran judíos, que eran paganos, pero que quisieron aprender del Dios verdadero. En esta mezcla cultural en el extranjero entran San Pablo y San Bernabé con el evangelio de Jesucristo. Y ¿qué vemos? ¿la harmonía entre las culturas? No, en la respuesta al evangelio vemos que hay una lucha; que hay una concurrencia muy grande, que provocó la envidia; que hay, en un lado, el gozo y el éxito, y, en el otro lado, también hay una expulsión del territorio. Esta es la realidad que todavía conocemos en el siglo XXI.

Pero en la segunda lectura, del libro del Apocalipsis, oímos la promesa de Reino de los Cielos: una muchedumbre muy grande de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguastodos de pie, todos unidos en la alabanza y la adoración del Cordero, nuestro Señor Jesús. Es una imagen muy bella—y es una imagen muy distinta que la realidad actual que conocemos.

¿Cómo podemos llegar a aquella harmonía de todas las naciones y lenguas? Muchas veces no tenemos la harmonía ni un amor fraternal en nuestras familias; ni la harmonía ni la paz en nuestros propios corazones. ¿Cómo podremos encontrarla de todas las naciones? Necesitamos un líder, un maestro, alguien que puede guiarnos. Necesitamos un pastor, para conducirnos como un rebaño a las fuentes del agua de la vida.

Y, si como un rebaño todos necesitamos al Buen Pastor, sabemos que también hay ovejas individuales, corderos individuales, que han salido del camino y se han perdido en la espesura. Quizá conocemos a alguien que está enganchado en las ramas del bosque oscuro de esta vida—en las drogas u otra adicción; o en la violencia; en las bandillas; en una forma del pecado sexual, afuera del matrimonio; en el abuso; en el materialismo; o en una religión falsa y incompleta. Quizá conocemos a esa oveja. Quizá esa oveja perdida eres tú.

Pero, sí que hay la esperanza. El Buen Pastor, que conquistó a la muerte y resucitó de entre los muertos, tiene el poder de rescatar a todas las ovejas perdidas y de conducirlas a la vida eterna. Nuestro Señor Jesús no es un pastor falso que atacaría al rebaño por su propia hambre. Y no abandonaría a nadie por temer a un enemigo. Él es el buen pastor, que da la vida por sus ovejas. Nadie tiene un amor mayor que el suyo; porque dio la vida en el Viernes Santo por sus ovejas, y tuvo poder para recobrarla de nuevo en el Domingo de la Pascua para conducirlas a la Resurrección. Y nadie las arrebatará de su mano.

Hace veinte siglos que nuestro Buen Pastor ha buscado y ha salvado a las ovejas que se habían perdido. Hace veinte siglos que nuestro Señor ha derramado su amor y su poder y su gracia a los corderos pequeños que necesitan a él; que los ha abrazado y traído al camino a la vida de nuevo.

Y lo ha hecho, en la mayoría de las veces, por medio de sus fieles, nosotros, que recibimos su amor y entonces lo damos a los que lo necesitan—para que puedan conocerlo a él y seguirlo. Y nuestro Señor lo ha hecho especialmente por medio de sus sacerdotes y sus obispos, que traen la gracia de todos sus sacramentos a su rebaño.

Hoy se llama también la Jornada Mundial de la Oración por las Vocaciones—que sucede todos los años en el Domingo del Buen Pastor. Y, sobre todo en este Año Sacerdotal, declarado por nuestro Santo Padre, reconozcamos el cuidado pastoral que Jesús nos da por las manos de estos hombres que él ha llamado a esta vocación—desde los apóstoles, y ese primero viaje misionero de San Pablo y San Bernabé, al día actual.

Permitan que yo les dé un ejemplo de esta llamada—la mía. Yo crecía como un Protestante Evangélico en los estados del Oeste de estos Estados Unidos. Y no supe la lengua española. Cuando tenía 15 años, mi familia fue a vivir en España, cerca de Barcelona, como misioneros Protestantes. Mi padre era un profesor de la música y la liturgia en un seminario Protestante allá. Y allá yo aprendí algo del español—que ahora es un poco oxidado. Y también allá empecé a poner preguntas duras de mi religión. En los años siguientes, por sus maneras misteriosas, el Señor me guió a Washington DC, y a la Iglesia Católica, y me llamó al sacerdocio, y yo fui ordenado en el Santuario Nacional hace solo 10 meses: todo esto para que, por medio de mi lengua y mis manos, instrumentos pobres, nuestro Señor Jesucristo, nuestro Buen Pastor, puede dar la gracia de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre a todos Uds., aquí mismo. Éste es el amor del Buen Pastor para todos nosotros, y para ti.

Por eso, es muy importante que todos oremos por las vocaciones: para que nuestro Buen Pastor llame a los que él elija como sus pastores, y que esos jóvenes oigan su voz y respondan “Sí.” Oremos todos; y también animemos a los jóvenes que conocemos—los jóvenes para que ellos piensen en el sacerdocio de Jesucristo; y a las jóvenes, para que piensen en la vida consagrada, como una hermana o una monja.

Quizá unos de esos jóvenes estén aquí esta noche. Hermanos y hermanas: ¿recuerdan que una película reciente tuvo la frase, “Todos los días oigo las personas gritando para un Salvador”? ¿Lo oyes tú? ¿Oyes los gritos de las ovejas perdidas, enganchadas en la espesura? ¿O sólo de las dificultades de cada día? ¿Oyes los gritos de las ovejas que el Buen Pastor quiere con tanto amor? Si los oyes, no hay mejor manera de responder a su dolor que en decir “sí” a la llamada de Jesucristo, a su vocación a ti, a dar tu vida para traerlas a él, su Pastor verdadero.

Jesús dijo: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano.” Nadie tiene un amor mayor que el amor de nuestro Buen Pastor.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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Published in: on April 25, 2010 at 11:30 pm  Leave a Comment  
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