La sanación del ciego de nacimiento y el regalo del bautismo

IV Domingo de Cuaresma, Año A: 14 Marzo 2010
1 Sam 16:1, 6-7, 10-13; Sal 23:1-6; Ef 5:8-14; Juan 9:1-41

Esta homilía escribí para una Misa celebrada especialmente para el bautismo de ocho niños. Las pilas en mi grabadora se vaciaron en el medio de la homilía; por eso, no tengo una mp3.

+

Todos los años, en el tiempo de la Cuaresma, se preparan unos adultos para recibir el bautismo en la Vigilia de la Pascua. Y la santa Iglesia leemos juntos, en tres domingos, tres historias del evangelio según San Juan que los ayudan prepararse: primero, en la semana pasada, la historia de Jesús y la mujer Samaritana; tercero, en la semana que viene, la de Jesús y San Lázaro; y segundo, hoy, la historia de Jesús y el ciego de nacimiento. Y ésta es una buena lectura para ustedes también, pues estos niños—ustedes mismos, sus hijos, sus hermanos, sus familiares y amigos—recibirán el bautismo dentro de unos minutos.

Este hombre en la lectura había sido ciego desde el momento de su nacimiento. Claro que sus padres devotos—a los cuales vemos en la lectura, preguntados por los fariseos—habían querido darle a su hijo todos los bienes del mundo. Pero no pudieron. Él nació ciego. No por un pecado particular suyo; sino sólo por la condición común de la humanidad caída; él nunca había podido ver nada.

Y ustedes padres también han querido darles a sus hijos todos los bienes del mundo. Y los han amado y han cuidado mucho, ¿no? Pero ustedes también les han dado una mancha, de la natura humana caída que les dieron: la mancha del pecado original. Y así, de su concepción y su nacimiento, ellos han sufrido una privación. Como la ceguera física es una privación de la vista, el pecado original es un estado de la privación de la santidad y de la justicia originales; una privación de la harmonía que Dios intentó que tuviéramos, con él y con otras personas y con nosotros mismos; y una inclinación al pecado. Y es un tipo de ceguera también: una ceguera moral e intelectual, como vemos manifestado por los fariseos en la lectura, que rehusaron reconocer a Cristo y a la verdad de su poder, su santidad, y su identidad. En lo moral, ellos eran cerrados y ciegos; mientras que el hombre ciego de nacimiento era abierto y capaz de reconocer la verdad.

Ustedes pueden limpiar las manchas de la ropa de sus hijos, y ¡claro que lo han hecho muchas veces, con mucho cuidado! Pero no han podido limpiar la mancha del pecado original de su alma. Pero sí que Jesús puede limpiar esta mancha; puede sanar esta ceguera. Como él hizo lodo con la saliva y se lo puso en los ojos al ciego; y él se lavó en la piscina de Siloé y volvió con vista; así nuestro Señor lavará hoy a sus hijos en el baño del bautismo, les limpiará le mancha de su alma, y les dará la vida eterna. Y nuestro Señor, que es la Luz del mundo, también dará la vista espiritual a estos que todavía están ciegos espiritualmente—como el Catecismo cita al San Justino Mártir, que escribió en el siglo segundo [Apología 1,61; citada en CIC 1216]: “Este baño es llamado iluminación porque quienes reciben esta enseñanza (catequética) su espíritu es iluminado.”

Y esto es de gran gozo, en este Domingo Laetare, este domingo de regocijarse.

Hace dieciséis siglos, escribió San Agustín [Confesiones, XXVII]:

¡Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva! Tarde te amé. … tú me llamaste, y más tarde me gritaste, hasta romper finalmente mi sordera. Con tu fulgor espléndido pusiste en fuga me ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti. Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste, y con tu tacto me encendiste en tu paz.

Pero este caso del bautismo de sus hijos es distinto que lo de San Agustín: porque sus hijos serán bautizados y sanados no como adultos sino como niños. Su caso es más semejante al del ciego del nacimiento. En el principio de la lectura del evangelio, él sintió el lodo que Jesús le puso en los ojos y oyó su voz; pero no puso ver su cara. Por eso, no sabía cómo fue su apariencia hasta que lo conoció otra vez, con ojos abiertos, en el fin de la lectura. Lo había conocido, pero necesitó llegar a conocerlo.

Así, también, en el caso de sus hijos. Hoy lo conocerán a Jesús. Él los dará su gracia; los limpiará; los dará compartir en su vida divina; los hará hijos adoptivos de su Padre y de su madre, y miembros de su Cuerpo que es la Iglesia. Como el hombre nacido ciego, ellos también lo conocerán a Jesús; pero, también como aquél, necesitará llegar a conocerlo. Después de unos años, ellos también empezarán a preguntar, “¿Y quién es el Hijo del hombre para que yo crea en él?”—o preguntas semejantes. Y entonces, ustedes los padres, con la ayuda de los padrinos, tendrán el gran privilegio, y la gran obligación, de presentarlos a Jesús—de, como repetiré dentro de unos minutos, “educarlos de tal modo en la fe, que esa vida divina se vea preservada del pecado y pueda desarrollarse en ellos de día en día.” Para que sus hijos aprendan bien, como nos dijo San Pablo en la segunda lectura, cómo vivir como hijos de la luz y no como los que son tinieblas. Para que, un día, como el hombre nacido ciego, ellos digan a Jesús, “Creo, Señor,” y postrándose lo adoren.

Con gran gozo, acudamos a nuestro Señor Jesucristo, la Luz del mundo, que vino a este mundo para que los ciegos vieran. Y anunciemos a estos pequeños seis, con San Pablo: “Despierten, ustedes que duermen: levántense de entre los muertos y Cristo será su luz.”

Add to FacebookAdd to DiggAdd to Del.icio.usAdd to StumbleuponAdd to RedditAdd to BlinklistAdd to TwitterAdd to TechnoratiAdd to Yahoo BuzzAdd to Newsvine

¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

Advertisements
Published in: on March 14, 2010 at 5:00 pm  Leave a Comment  
Tags: , ,

The URI to TrackBack this entry is: https://frdangallaugher.wordpress.com/2010/03/14/la-sanacion-del-ciego-de-nacimiento-y-el-regalo-del-bautismo/trackback/

%d bloggers like this: