Haz tu corazón un hogar para Cristo

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II Domingo de Cuaresma, Año C: 28 Febrero 2010
Gen 15:5-12, 17-18; Ps 26(27):1, 7-9, 13-14; Fil 3:17–4:1; Luc 9:28-36

La lectura del Evangelio de hoy nos cuenta la historia de la Transfiguración de nuestro Señor Jesucristo. En un instante, los apóstoles santos, Pedro y Santiago y Juan, experimentaron a Jesús de una manera completamente distinta que en los meses y años anteriores. Ellos habían viajado con Jesús; habían comido con él; habían escuchado a sus enseñanzas; habían visto sus milagros. Pero ahora lo ven con su rostro cambiado de aspecto y sus vestiduras hecho blancas y relampagueantes—conversando con Moisés y Elías, aquellas grandes figuras de la historia de Israel, que significan la Ley y los Profetas. En aquel momento resplandeciente ellos lo vieron claramente a Jesús, su divinidad hecho visible a sus propios ojos, y lo conocieron a Jesús de nuevo.

¿Por qué se les reveló Jesús a ellos así? Él ya les había hablado de su crucifixión, que pasaría después de unos meses. Y ellos ya habían sentido la confusión; y él sabía que ellos ya sufrían y que sufrirían más cuando verían su sufrimiento. Y así él se reveló en su gloria para que ellos, mientras de su sufrimiento y su confusión, aún no experimentaran la desesperanza, sino continuaran confiando en él.

Y yo espero que cada uno de nosotros—que tú mismo—hayas experimentado un momento de percibir a Jesús vivo y real. Sí, la mayoría de nosotros lo conocimos a Jesús, objetivamente, en nuestro bautismo cuando éramos bebes o niños. En aquel momento recibimos un carácter, una marca o un sello en nuestra alma que nunca se puede borrar. Y en los años siguientes hemos aprendido más de Jesucristo y hemos recibido su gracia por varios sacramentos. Pero aún es posible, y es deseable, que un día lo hayas experimentado a él de una manera nueva—como los apóstoles. Es probable que no lo vieses visible, con sus vestiduras hecho blancas y relampagueantes, como los apóstoles lo vieron a él en aquel día. Pero espero que, en alguna vez, tú hayas percibido a Jesús vivo y real, y muy cerca de ti, y con un amor grande y ternura para ti, lleno de misericordia.

En el evangelio, San Lucas nos dice que Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; y, cuando se despertaron y vieron su gloria, ¡qué reacción los sentían! ¡Qué emoción! Y en aquel momento San Pedro dijo, sin saber lo que decía, “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas.” Como el salmista, Pedro había buscado el rostro del Señor; y, después de verlo, él quiso darle un lugar en su vida. Quiso darle un hogar. Quiso darle— ¿una choza? Bueno, ésa no era el hogar correcto. Como San Esteban dijo en los Hechos de los Apóstoles [7:48], el Altísimo no habita en casas fabricadas por manos humanas. Pero sí que San Pedro tenía razón en su impulso de responder a esa revelación por ofrecerle a Jesús un hogar. Y el hogar que desea Jesús es tu corazón.

Si tú has sido bautizado, Cristo ya ha venido a morar en tu corazón, por el Espíritu Santo, desde aquel momento. Pero aquel momento era sólo el principio. ¿Qué calidad de hogar le has dado a Jesús en tu corazón? En la segunda lectura, San Pablo nos habla de dos grupos. ¿Cuál grupo describe a ti? ¿Eres enemigo de la cruz de Cristo, que tienes tu vientre como tu Dios, y avergonzarse como tu orgullo, y piensas sólo en cosas de la tierra? O, ¿vives como ciudadano del cielo, fiel al Señor? ¿Quizás una mezcla de los dos?

San Pablo nos dice que Cristo va a someter a su dominio todas las cosas. Y eso significa, primeramente, todas las cosas en el corazón, el tuyo y el mío; todas las cosas en nuestra vida.

Cuando yo era joven, en una clase de la religión, leí un ensayo con el título “Mi Corazón, el Hogar de Cristo.” Ese ensayo era una meditación que empleó la imagen de nuestra vida como una casa con muchos cuartos, los cuales significan los partes distintos de nuestra vida. Y el autor escribió que, después de que él experimentó a Jesucristo, le dio la bienvenida a morar en su corazón, en su vida. Y entonces Jesús empezó a explorar todos los cuartos—el primero, el segundo, el tercero—y a limpiarlos y arreglarlos, sometiendo a su dominio todas las cosas de la vida del autor de ese ensayo.

Esto es un ejercicio bueno para nosotros en este tiempo santo de la Cuaresma. Y, por eso, quiero revisar con ustedes los puntos clave de esa meditación.

  • El primero cuarto en ese ensayo es el estudio, la biblioteca. Significa la vida de tu mente y de tu imaginación. Imagina que Cristo examina todos los libros, las revistas, los cuadros a los cuales tú das la atención. ¿Son puras esas cosas? ¿Tienen valor verdadero—o no? En el Evangelio, los discípulos oyeron la voz del Dios Padre: “Este es mi Hijo, mi escogido: escúchenlo.” ¿Lo escuchas tú? ¿Lees las Sagradas Escrituras y las enseñanzas de su Iglesia? ¿Meditas regularmente en la persona santa y divina de Jesús?
  • Entonces, segundamente, entramos en el comedor—el cuarto de los apetitos y los deseos. En ese cuarto, ¿qué consumas para satisfacer tus deseos? ¿Solo deseas las cosas de la tierra, lo de este mundo? Jesús recomienda buscar la comida de hacer la voluntad de su Padre, que era la comida suya. ¡Que tengamos hambre y sed para la gracia de los sacramentos!
  • Entonces entramos en el salón—un cuarto cómodo para las conversaciones íntimas. Esto significa tu oración diaria con nuestro Señor. La Carmelita mística, santa Teresa de Jesús, escribió que, “No es otra cosa oración mental, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama.” En el salón, Jesús te espera cada día. ¿Cuántos minutos pasas con él, tu Salvador y tu Rey, que quiere tu amistad?
  • Entonces, cuarto: el taller significa los talentos y habilidades que tienes. ¿Los usas en hacer obras para el Reino de Dios? ¿En hacer obras de caridad para tu próximo? ¿Necesitas emplear más esfuerzo en producir estas obras para Dios? Quizá podrías pedir que el Espíritu Santo guíe tu trabajo.
  • El quinto cuarto es el cuarto de juego, en lo cual pasas el tiempo libre con amigos en actividades recreativas. ¿Es bienvenido Cristo en tus amistades? ¿Haces actividades, o vas a lugares, que no le gustarían a Jesús? Él quiere darte el gozo verdadero, las amistades verdaderas. ¿Necesitas cambiar tu manera de jugar?
  • Finalmente, en la casa de este ensayo hay un armario del vestíbulo, que queda cerrado con llave; de lo cual procede un olor muy malo, de algo muerto. Este armario significa unos pecados que no has querido rechazar, porque te has parecido necesarios y muy pertinentes a ti. ¿Necesitas darle la llave a Cristo y dejar que él vacíe y limpie ese armario?

En el momento de la Transfiguración, San Pedro quiso edificar una choza como hogar para Jesús. En este tiempo de la Cuaresma, ¿le has dado tú a Jesús el hogar que quiere—el hogar de tu corazón entero? En este tiempo, en esta santa Misa, dale el sacrificio de someterle a él todos los cuartos de tu hogar—todas las partes de tu vida. Y así dejarás que el esplendor de su gloria brille dentro de ti mismo.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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Published in: on February 28, 2010 at 11:48 pm  Leave a Comment  

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