Miembros del Cuerpo de Cristo, como Dios lo formó

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III Domingo Ordinario, Año C: 24 Enero 2010
Neh 8:2-4, 5-6, 8-10; Sal 19:8-10, 15; 1 Cor 12:12-30; Luc 1:1-4; 4:14-21

Hoy, en la segunda lectura, el apóstol San Pablo nos da una imagen muy fuerte: una imagen de los miembros de la Iglesia, como los miembros de un cuerpo físico. Él nos dice que somos organizados y unidos así, uno a otro, en una manera armoniosa y jerárquica, como los miembros de nuestros propios cuerpos. En la lectura de la semana pasada, él nos dijo, en una parte anterior de este capítulo de su primera carta a los corintios, que tenemos muchos dones, diversos dones, en el mismo Espíritu. Pero hoy sigue más adelante, a esta organización.

Y me pregunto si, quizá, Uds., cuando han oído estas palabras—como “Dios ha puesto los miembros… en su lugar“—si quizá han pensado Uds. que ahora mismo están en un lugar extraño, lejos de su patria, o de su cultura, o de su pueblo, o su lengua. Quizá se sientan Uds. como un miembro pequeño o un miembro deshonrado, como describe San Pablo a los corintios en el siglo I.

Pero lo que San Pablo nos dice, a todos nosotros, es que ahora, en el siglo XXI, así como en el siglo I: en Cristo todos necesitamos, unos a otros. Todos tenemos dones para dar, unos a otros. Todos tienen dones que nosotros necesitamos recibir. Y, aunque estemos en un lugar muy lejos de nuestro hogar, todavía estamos en el Cuerpo de Cristo, que es universal. Y todavía tenemos lugar, aquí, en la Iglesia Católica.

Me pregunto si quizá conociste a un protestante aquí: quizá a alguien que te pareció una persona que te da la bienvenida; o que es de una cultura familiar; pero no es de la Iglesia Católica; que es de otra manera de religión. Y quizá parece que ellos tienen una energía, o que conocen bien las Sagradas Escrituras, o que hablan con una fuerza que se opone a la Iglesia Católica.

Pero quiero decir que es importante que no vayan Uds. con ellos. Porque ellos, aunque tienen muchas buenas calidades, no tienen el entero Cuerpo de Cristo. No tienen la entera verdad de Cristo.

Ellos creen en un principio de la autonomía individual, especialmente en la interpretación de las Sagradas Escrituras. Pero Dios no ha arreglado la Iglesia por este principio. Él ha arreglado la Iglesia por el principio de interdependencia: una interdependencia armoniosa y jerárquica, como dice San Pablo en la segunda lectura. Él escribió: “Dios ha puesto los miembros del cuerpo, cada uno en su lugar, según lo quiso… formó Dios el cuerpo… En la Iglesia, Dios a puesto…”

Es el diseño de Dios que, en el Cuerpo Místico de Cristo, semejante a los miembros de un cuerpo físico, todos tengamos diversos dones; y todos los recibamos, uno de otro. Uno de estos dones es el oficio de enseñar, el magisterio, que tienen el Papa y los obispos. El Concilio Vaticano Segundo escribió: el magisterio auténtico tiene un lugar especial en orden a la exposición y predicación de la palabra de Dios escrita.

En la imagen de San Pablo, el magisterio es como la cabeza y los ojos del cuerpo de Cristo. Y si queremos que no seamos ciegos—que no seamos sin líder, sin la dirección del Papa y de los obispos—no podemos decir, como un pie a la cabeza, “¡No te necesito!” Sí que necesitamos al magisterio—al Papa y a los obispos. Y ellos también necesitan a nosotros.

La historia de los protestantes es una historia de caer en un hoyo: como dijo Jesucristo: si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo [Matt 15:14]. Ellos tienen una historia de divisiones, en miles de denominaciones; una historia de errores, sin la dirección del magisterio.

A nosotros, el Espíritu Santo quiere hablarnos dentro de la Iglesia Católica, en la comunión de todos los miembros del Cuerpo, y con la gracia de Dios que nos pasa por medio de ellos. Que nosotros todos perseveremos en este Cuerpo Místico de Cristo; fundados en esta Piedra establecida por Cristo; guiados por el magisterio auténtico; y alimentados por el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en esta Sagrada Liturgia [Dei Verbum, 21]. En la cual, como el Pueblo de Israel en la primera lectura, hemos escuchado a la lectura y la explicación de las Sagradas Escrituras; hemos oído la voz del Buen Pastor, el Verbo Eterno, nuestro Señor Jesucristo; y así nos preparamos a recibirlo a él, presente realmente en el sacramento santísimo del altar.

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¿Quieres mandar una carta al Padre Dan?

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Published in: on January 24, 2010 at 11:29 pm  Leave a Comment  
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