La Sagrada Familia y nuestras familias

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Domingo de la Sagrada Familia, Año C:
27 Diciembre 2009

Sir 3:2-6, 12-14; Ps 128:1-5; Col 3:12-17; Luc 2:41-52

¿Quién de nosotros tenía el privilegio de elegir: nacer o no nacer? ¿Quién elegiste tus padres? ¿Quién elegiste tu familia de origen? Claro que nadie de nosotros tenía esa decisión.

Pero sí que nuestro Señor Jesús eligió nacer. Hace solo dos días, celebramos su natividad: cuando Dios Hijo,nacido del Padre antes de todos los siglos, eligió hacerse hombre, y nació en nuestro mundo. Jesús eligió nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María [CIC 1655]. Como el Verbo Eterno, él había creado la institución de la familia. Lo había hecho el medio de criar a los niños. Entonces él eligió crecer, sí mismo, en una familia: la Sagrada Familia de José y de María.

Cuando el Papa Pablo VI visitó la Tierra Santa hace 36 años, dijo que la ciudad de Nazaret—donde vivió la Sagrada Familia—es la escuela de iniciación para comprender la vida de Jesús. La escuela del Evangelio. Y el Papa dijo que una de las lecciones de esta escuela de Nazaret es la lección de vida doméstica —de la vida de la familia. Dijo el Santo Padre: “Enseñe Nazaret lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable.”

¿Qué imaginamos de la Sagrada Familia? ¿Imaginamos que es muy linda, muy bella, y dulce? ¿Que es frágil, como una vidriera de colores? ¿Que aquella familia no se parece a nuestras propias familias?

Hoy, la lección del Evangelio de San Lucas nos da un cuadro de la vida de la Sagrada Familia. En esta historia, descubrimos que su vida no es como una vidriera de colores; que es semejante a las familias nuestras; y que, cuando una familia de tres miembros incluye el Hijo de Dios y la Virgen sin pecado concebida, todavía tenían los tres mucha oportunidad de aprender y de crecer.

La escena es un viaje a Jerusalén para la celebración anual de la fiesta judía de la Pascua. Aquella celebración era un memorial del Éxodo del Pueblo de Israel de Egipto, guiado por Moisés, unos 1.400 años antes de Cristo. En esta lectura, Jesús tenía 12 años, y muy de prisa llegaría a ser un “Bar Mitzvah,” un Hijo del Mandamiento—cuando, como los otros hombres judíos, él debería viajar a Jerusalén para esa fiesta todos los años. Quizá aquel viaje era su primera viaje para la Pascua.

Entonces, en el viaje de vuelta a Nazaret, caminaban María y José un día, antes de descubrir que Jesús no estaba en la caravana. Le buscaban entre los parientes y conocidos, pero no lo encontraron. Entonces, necesitaron volver a Jerusalén para intentar a encontrarlo. Y ¿qué sentimientos experimentaban estos padres? Sentaban el miedo. Estaban muy preocupados. Quizá sentaban el pánico, la ira, o la culpabilidad. La Santa María misma dice que eran llenos de angustia. Aunque Jesús era el Hijo de Dios, Santa María y San José sufrían la angustia por él.

Ésta, sí que es una imagen de la familia que todos conocemos. Pasan los accidentes. Se rompen muchas cosas. Muchas veces, sabemos que la vida familiar es difícil y desarreglada. Y mucho más, cuando todos nosotros tenemos, dentro de nosotros, los efectos del pecado original.

Pero esta vida familiar no es una vida inefectiva. Al contrario, la familia es un gran taller de crecer en la santidad. La familia nos enseña que cada uno de nosotros depende de otras personas; que necesitamos el soporto físico y emocional, de muchas formas, de otros; y que ellos también necesitan nuestra ayuda.

Y la vida familiar es como un espejo que nos muestra la verdad de nosotros mismos. En la segunda lectura, San Pablo nos da una lista de las virtudes de los santos, las virtudes que nosotros bautizados debemos cultivar: la misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre, y la paciencia. No hay nada que nos exige tan fuertemente todas estas virtudes como la vida familiar. Y no hay nada que nos muestra tan claramente cuánto ellas nos faltan, y cuánto nosotros necesitamos crecer.

La misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia— y, sobre todo, el amor verdadero: éstas están formadas en nuestras almas por medio de la vida dinámica, difícil, y desarreglada de la familia. Por sumir, y amar sin la aspereza, y obedecer, y no exasperar: por estas acciones, nuestros corazones se pueden extender y llegar a ser más y más llenados del amor infinito del Sagrado Corazón de Cristo.

Todos están llamados a la santidad. Y cada uno está llamado a andar por su proprio camino como medio de crecer en la santidad: su vocación, que es su estado de vivir. Hace 45 años, el Concilio Vaticano Segundo escribió:

Conviene que los cónyuges y padres cristianos, siguiendo su propio camino, se ayuden el uno al otro en la gracia, con la fidelidad en su amor a lo largo de toda la vida, y eduquen en la doctrina cristiana y en las virtudes evangélicas a la prole que el Señor les haya dado.

Y aquí hay dos puntos que debemos fijarnos bien. Primero, que los padres deben a sus hijos no sólo proveerlos las cosas materiales, como una casa grande, la ropa de moda, el coche caro, o la televisión de pantalla de plasma. Sí que los deben sus propios seres, y no sólo su dinero: su amor, su atención, su tiempo. Los deben la formación humana y católica; y no deben dejarlos indefensos contra las equivocaciones y los peligros de esta cultura norteamericana.

El segundo punto es que todos—los adultos y los niños—deben reconocer a sus familiares como hijos adoptivos de Dios. Así los esposos y los hijos no son nuestros proyectos. Siempre tienen una parte desconocida, una parte del misterio de su propia relación a Dios y su propia llamada de él.

Santa María y San José conocían que Jesús era Hijo de Dios, y conocían que era Mesías y que sería Rey un día. Pero no sabían ni entendían todo de su identidad. Para ellos, era una sorpresa encontrarloen el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas. A ellos, su hijo era un misterio. Ellos tenían el privilegio de participar en su vida y de ayudarlo unos años. Pero, últimamente, Jesús no era suyo; él pertenecía a Dios Padre. Y viviría como el Hijo de Dios que era.

Todos nosotros bautizados somos hijos adoptivos de Dios. Y nuestra vida familiar es como una caravana en el viaje al cielo, a nuestro Padre verdadero. En este mundo, cuidémonos, unos a otros, como la Sagrada Familia, para que lleguemos en el día final en nuestro hogar verdadero y celestial.

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Published in: on December 27, 2009 at 10:45 pm  Leave a Comment  
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